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La serpiente más fascinante y triste del mundo es de Kipling

De entre todos los muchos objetos raros que tengo en casa destaca por su misterio y exotismo un ankus indio o ankusa, una aguijada corta para elefantes, el instrumento tradicional que usan los mahouts o cornacas, los conductores de los paquidermos, para controlarlos. Es como un bichero pequeño. Me lo regaló mi suegra que lo había adquirido hace muchos años en un viaje con su marido a la India y pensó que me haría más ilusión que un reloj o una corbata, y no se equivocó, desde luego. Mi ankus, con mango de madera pintada y punta de bronce con gancho adornada con la figura de un pequeño elefante, no está al nivel de los tan preciosos y valiosos que pueden verse en el British Museum, el Victoria & Albert o el Metropolitan, piezas ceremoniales dignas del Durbar de Delhi y auténticas obras de arte, pero es un objeto hermoso. Aunque no se puede olvidar que, como una fusta, un látigo o unas espuelas, fue creado con el propósito de infringir daño a un ser sintiente. Los mahouts, que han manejado desde hace siglos elefantes —empleados como animales de carga y trabajo y monturas de prestigio y shikar (cacería) en Asia—, los utilizan clavando el pincho en las partes más sensibles del animal como son la boca y la parte de detrás de las orejas. Curiosamente, cuando veo mi ankus, ese mudo contador de historias, pienso menos en elefantes que en serpientes, especialmente en una enorme cobra blanca…

Un valioso aguijón para elefantes, como se recordará, es el objeto central de la trama de una de las aventuras más emocionantes de Mogwli en El libro de la selva (concretamente en El segundo libro de la selva, aparecido un año después del primero, en 1895, con más relatos): El ankus del rey. Para mí ese cuento tiene algo muy especial y me pone siempre al borde de las lágrimas. No sabría explicar exactamente por qué, pero tiene que ver con el melancólico sentido de la maravilla que inspira la historia y la tristeza abismal que me provocan la cobra protagonista y su destino. En el relato, Mowgli acude a felicitar a Kaa, la enorme serpiente pitón que vive en la Peña, por su cambio de piel (ya lleva doscientos) y mientras se están bañando juntos, pues son grandes amigos —hay que ver de qué preciosa manera describe Kipling esa amistad, tan envidiable para todos los que poseemos una serpiente poco juguetona, aunque se llame también Kaa—, la pitón le habla de una cobra muy especial a la que ha conocido en las Moradas Frías, la vieja ciudad abandonada donde ya vivieron horas intensas con los monos. Esa serpiente, “del Pueblo Venenoso que lleva la muerte en los dientes delanteros”, es una Capucha Blanca, una cobra blanca, “vieja como la misma selva” (y prima de Zumosol de las Nag y Nagaina de Rikki-Tikki-Tavi), y dice Kaa a Mowgli que le habló de cosas superiores a todos sus conocimientos. Así que, picado el Hombrecito por la curiosidad, para allí van los dos.

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